Era una noche de frío viento arrasador cuando el espantapájaros se encontraba en uno de los campos más perdidos de todos los lugares. Su sombrero hacía el amago de fugarse con el viento abandonando así a la calabaza. Tampoco el espantapájaros le importaba mucho pues sus ojos rajados estaban contemplando fijamente al pasto que se estaba quemando delante de él, el aire lo prolongaba y todo su alrededor iba ardiendo poco a poco durante la noche. Caían lágrimas, de esas que quedaban impregnadas en la tierra en la que estaba clavado día y noche. De repente salió de uno de los árboles que quedaban, un pequeño cuervo.
Pero aun así, el espantapájaros no le hizo mucho caso pues, el molino empezaba también a arder y eso, le preocupaba mucho más. Las aspas del molino que se movían al mismo compás que el viento, hizo deslizar de ahí cenizas que acababan en la chaqueta vieja y arrugada del solitario espantapájaros.
En cuestión de minutos, cabizbajo se quedó, con los brazos en forma de cruz y con un nudo de palabras vacía en su garganta ya que, nadie podía escucharle, ni si quiera oírle pero, tan ciego de la oscuridad no pudo observar ni caer en ello, que aun había un cuervo negro, mirándolo.
Pero, harto el espantapájaros...no quiso hablarle, ni preguntarle si quiera por si sabía qué pasó para que sus campos ardieran...harto de que todos echaran a volar en el día menos pensado y en los más pensados también.
Harto de ser ese asustadizo solitario que andaba vigilando campos que acababan destruidos.