Se cubría con aquel abrigo negro de lana, protegida del frío y de todo el exterior. Se sentía fuera de peligro, se sentía bien protegida por aquella sensación de calidez y fresco por la cara. Caminando por aquella carretera fantasma, cruzó a los campos que tenían un aspecto siniestro y desconocido por aquellos árboles tan altos que parecían rozar la Luna, empezó a sentirse acosada por el viento, golpeada, y su pálido color de cara, conseguía un color azulado.
Los latidos de su corazón iban a un ritmo acelerado, como si el gran Mozart estuviese tocando en su interior.
Ella, extrañada se preguntaba, que dónde acabaría este bosque, dónde estaba el último árbol que lograba besar al Cielo. Siguió su paso y poco a poco su corazón ya iba latiendo menos rápido, cada vez menos y menos cuando ya iba llegando al final.
Y ahí se encontraba, el último árbol acariciando las estrellas y allí estaba, el acantilado más bonito que había visto... Y al querer avanzar sintió un atropello en su pecho, miles de cristales rompiendo de manera descontrolada. Tenía curiosidad por ir campo a través por curiosidad, pero, la curiosidad acabó matándola.
El frío hizo quedarle sin aliento, y ella sin conciencia se tiró al vacío, osease, se lanzó saltando al acantilado sin saber que abajo estaba el mismo infierno que en su mente. Estaba muerta, aquel abrigo no era nada más que un simple recuerdo de los brazos de alguien que no conseguía recordar del todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario